Capítulo 3   

Por la ventana de la habitación de Adela entra la luz mortecina de la luna y un búho ulula a lo lejos. Adela está en la cama boca arriba con una expresión que da miedo. Mira como si estuviera viendo algo que la aterra. Su marido está a su lado, pero de espaldas a ella.

–No te gires, por favor, no quiero que me veas la cara cuando te cuente lo que ha sido capaz de hacer el viejo Wilson—Adela hace una pausa larga para tomar aire–. Yo le puse una grabadora para ver cómo descansaba por las noches y así comprender por qué se comportaba tan agresivamente de día. Pero entre las respiraciones entrecortadas del viejo empecé a escuchar las cosas terribles que había hecho cuando era soldado… terrible. Yo no podía soportarlo y desde entonces no he podido frenar el odio que le he llegado a tener a ese hijo de…

Su hijo de diez años está en su habitación leyendo un libro en la cama. Escucha muy lejano el relato de su madre y pone interés.

–Todo lo que me cuentas me suena a delirios de un viejo senil—le replica su marido–. El viejo delira y…, pero… ¿cómo has podido creértelo?

–Cuando alguien delira sufre y no habla con esa voz engolada como si se dirigiera a un público que lo escucha. Ha sido malo, muy malo y se recrea recordándolo—Adela se exalta–, y no merece vivir.

Su marido se revuelve, le coge la cara y la zarandea hasta hacerle daño.

–Despierta, estás loca y nos vas a volver locos a todos.

Su hijo se levanta y pone oído a lo que está ocurriendo en el cuarto de sus padres. Escucha el resuello de su madre como si la estuvieran ahogando.  Sale de su cuarto muy  relajado. Abre la puerta de la habitación de sus padres. Ve al padre que tiene a su madre cogida por el cuello y no se inmuta. Mira como si viera una película.

–Papá, no me dejáis  leer—dice el hijo con un tono muy frío, como si dijera: papá, hace calor–. Portaos bien.

Adela está en la habitación de Wilson escuchando la grabadora con los cascos. Vemos su cara magullada. Mantiene una expresión neutra mientras escucha. Acelera la grabadora y vuelve a escuchar. El viejito está en la cama sin arreglar. Ella lo mira y, de repente, reacciona y se quita los cascos. Piensa, respira fuerte, vuelve atrás la grabadora y se pone los cascos. Las compañeras de la residencia hablan secreteando. Una dice:”… a mí nunca me gustó y ya decía yo que ésta ocultaba algo.” La asistenta gorda dice: “Esta mujer es un peligro para los residentes y para todas, hay que hacer algo.” Adela  lanza la grabadora y se le quedan los cascos puestos. El anciano la mira y ve a una mujer magullada, con los ojos de metal y los cascos que buscan la corriente. Wilson cierra los ojos como si dijera, que sea lo que dios quiera.

El marido de Adela ha perdido el control.

Adela, como cada día, sigue un ritual antes de entrar en la residencia. Se atusa el cabello; que ya no tiene arreglo, se compone el vestuario mal combinado, saca un espejito, se mira y se retoca lo que le queda del maquillaje, o mejor, el disimulo de los moretones. Se le ve tan desmejorada que parece que tuviera veinte años más. Sólo tiene treinta y cinco. Hoy sólo llama al timbre dos veces, y espera, pero nadie abre. Adela piensa y vemos que el maquillaje no puede ocultar su cara descompuesta y su mirada fría. Se rehace, duda, y acaba tocando al timbre tres veces con toda la parsimonia del mundo. Vemos la fachada beige de la residencia toda beige.

Adela está oculta detrás de la puerta entreabierta de la habitación de Wilson. Observa el pasillo beige con su hilera de habitaciones a ambos lados. La asistenta gorda sale de una de las habitaciones. Cuando desaparece por el fondo del pasillo Adela sale sigilosamente de la habitación del viejo Wilson y entra en la que la asistenta beige había dejado. Desde el exterior de la habitación escuchamos gemidos sordos y golpes.

El marido y el hijo de Adela están sentados a la mesa de la cocina. El padre tiene la grabadora sobre la mesa y ambos escuchan:”…cada tarde subíamos a la colina más alta y nos poníamos a pensar para ver si el viento se llevaba nuestros pensamientos a la tierra que tanto queríamos. Estábamos en silencio absoluto. No hablábamos para no ensuciar los pocos recuerdos sanos que nos quedaban. Exterminar todo lo que se mueva es…”

El padre detiene la grabadora y mira a su hijo que hace el gesto de por qué la paras.

–Tu madre tenía una vocación—lo dice orgulloso-  -tan grande que hasta quería irse a la India y cambiar…

El hijo de Adela ya no es el mismo.

En la habitación de Wilson vemos a dos policías que inspeccionan cada rincón. También vemos a la monja jefe, a tres asistentas, entre ellas a la gorda y a Adela. La silla de ruedas del anciano Wilson está junto a la ventana. Uno de los policías se asoma y sin girarse hacia los asistentes dice: “¿Y nadie escuchó nada antes de caer?”  Todas se quedan en silencio y se miran, menos Adela, que tiene la mirada fija en el roble gigante del jardín. La única cosa no beige del lugar. El otro policía ojea el libro que estaba sobre la mesita de noche. Lee, para sí, un párrafo que está subrayado. El policía de la ventana coge la grabadora que está sobre la cama deshecha del anciano y la pone en marcha. Todos escuchan atentamente la voz impostada de Wilson. “…para que vosotros, hijos de putas, seáis libres, los soldados como yo tenemos que caer en la mierda. Luego nos juzgáis si quedamos vivos o nos condecoráis si nos convertimos en fiambre. Y vuestras conciencias quedan intactas, tranquilas, pero nosotros nos pudrimos de dolor y acabamos locos por toda la mierda que hemos tragado. Si para cuidar vuestra libertad tienen que quedar despojos humanos como yo, cargado de odio y más peligroso de lo que pensáis…” El policía que tiene el libro en las manos manda parar la grabadora y busca el párrafo subrayado. Todos se quedan expectantes. El policía comienza a leer el párrafo: “Para que vosotros, hijos de putas, seáis libres, los soldados como yo tenemos que caer en la mierda. Luego nos juzgáis si quedamos vivos o nos condecoráis si nos convertimos en fiambre. Y vuestras conciencias quedan intactas, tranquilas…”

–Todas estas grabaciones son lo que son, —el policía cierra el libro y lo pone sobre la mesita–lecturas de un viejo chiflado, perdón, de un pobre hombre…

Adela se muerde el labio con todas sus fuerzas hasta hacerse sangre. El policía de la grabadora se acerca a Adela.

–¿Tiene usted algo que decir?

Adela no contesta y se acerca a la mesita como un autómata. Coge el libro y lee el título:”Vuela pensamiento”, de Mike Mentzer.

El marido y el hijo de Adela están sentados, frente a frente, a la mesa de la cocina. La cocina es un caos de cacharros, de suciedad y alimentos podridos.

FIN

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