En noviembre de 2016 escribía un artículo en este blog titulado ¡MI PRIMERA NOVELA! Y comenzaba:

El día 1/8/2016 comencé el proyecto de mi primera novela, lo de la fecha exacta es porque en ese momento escribía un diario creativo y decía esto:

1/8/2016

“He comenzado el proyecto de mi primera novela. El punto de partida fue una reflexión que dejé en mi diario el día 25/7/2016. Hablaba de mi primer relato, Mike Mentzer, que aparece en este blog.

Más adelante el artículo continuaba:

“El primer borrador de la novela, de sólo 73 páginas, lo consigo el 4/1/2017, y  me decía: con las horas de esfuerzo (entre seis o siete diarias de lunes a domingo), y no avanzo, me voy a quedar en el camino y va a ser el fin de este oficio tan bonito de escribir al que dedico todo mi tiempo. Pero algo mágico, que está por allá abajo, en el inconsciente, hizo que un día todo adquiriera un orden y se disparara y, en nueve meses, por el 18/10/2017, consiguiera acabar ¡Mi primera novela!”

Mi primera novela se titula CONTRACANTO y se publica en septiembre de 2018.

Desde que la acabé no he dejado de escribir porque me había propuesto completar una trilogía con el mismo protagonista, el inspector Lucas Séguin. No esperaba publicar, me conformaba con que la leyera mis amigos, y, uno de esos amigos la envió a la editorial CARENA, y aquí estamos para decir ¡MI SEGUNDA NOVELA! está a punto. Voy a compartir un capítulo de la misma.

Quiero avanzar que Lucas Séguin se retira de la policía, con cincuenta y tantos años mal llevados, por haber perdido la vocación. El que fuera su compañero de trabajo, el sargento Flores, lo presiona para que vuelva a ser policía y lo embarca en una investigación muy compleja. El capítulo XI es el momento en el que Lucas Séguin abre el dossier del caso que le había dejado el sargento Flores para tentarlo.

XI

Lucas tiene una copa de vino en la mano, la levanta al trasluz,  y  se queda clavado en los restos asquerosos de babas secas del borde. Se asquea un poco y coloca la copa en la mesita de centro junto a la carpeta que le dejó Flores con el informe policial de Agustín Serapia. Lleva toda la tarde escribiendo sus memorias y bebiendo. De cuando en cuando mira de reojo  la carpeta y tamborilea con los dedos sobre ella pensativo. Ha entrado en un dédalo de iniciativas que no ha buscado y no sabe cómo salir: la novela intratable que lo trae de cabeza; el caso de la madre de Marcos,  que hay que estar grillado para desempolvarlo; y el caso de Agustín Serapia que está a punto de despertar al policía que no reconoce. De momento, la excitación del encuentro con Flores le ha exacerbado la memoria profunda. Y los recuerdos le empiezan a llegar tan nítidos que presiente que ha despertado a la bestia. La memoria selectiva le había ayudado a pixelar el pasado que ahora vuelve desbocado: vuelven todas aquellas mentiras que dijo e hicieron daño a terceros; vuelven las miradas morbosas a personas queridas que lo llevaron al placer; las acusaciones falsas contra los amigos de fechorías y que pagaron con creces. Ahora, el pasado inefable, ha pasado a ser un pasado que lo acusa de cobardía, de estulticia, de ignominia, de oprobio para la gente que quería. Está asustado. ¿Debe continuar escribiendo o borrarlo todo y mantener en el olvido esa mierda delirante que bulle en su memoria y lo está ahogando? No sabía que contar anécdotas aparentemente intrascendentes lo llevaría a este extravío frenético. Lee el último parágrafo de las treinta páginas que ha conseguido escribir.

A los dieciséis años le pedí a Berta, la hermana de Lito, que si aceptaba bailar conmigo en las fiestas del pueblo; una vez, una sola vez. A Berta le gustaba Marcos, y yo le tenía miedo a Marcos, así que me giré sin esperar respuesta y mi arrebato de valentía duró el tiempo que tardé en decir la frase ¿quieres bailar conmigo? Hoy me arrepiento porque yo creo que hubiera sido feliz con esa chica. Tengo su aroma a ropa limpia grabado en mi memoria olfativa. En este momento  me gustaría saber cuál habría sido su respuesta ese día del baile. Berta te enamoraba con su sonrisa, y yo por qué no seguí luchando por, al menos, intentar conocerla mejor. Esta necesidad que tengo hoy de ella no recuerdo haberla tenido en su momento. Al día siguiente hacía fuerzas, allá donde iba, para que mi nombre no se asociara con el de Berta. Si hubiese llegado a escuchar a alguien decir la burla típica “Lucas quiere a Berta”, me hubiese enterrado. Tenía miedo a todo: a Marcos por su brutalidad, a Berta porque yo no sabría quererla y me largaría a la primera y a la gente del pueblo que ya nos marcaba el destino desde niños. No sé si lloré en aquella época por aquel desengaño, en cambio ahora tengo ganas de llorar. 

Se separa del ordenador y comienza a balancearse sin control como un mico en su jaula. Se escucha a Johannes Brahms en el equipo de música. Piensa en Blanca y se siente agradecido de que le enseñara a disfrutar de la música clásica. “Si ella estuviera aquí le diría lo que siento escuchando el IV movimiento de la sinfonía No. 1, de Brahms: Blanca, si yo vivía deseando amar  por qué cuando pudimos compartir algo hermoso lo dejé enfriar, fue como morir un poco. Sé que haberte rechazado ha sido el error más grande que haya podido cometer.  Ahora la música me invita a sufrir mi pasado en silencio y no esperar nada de la vida. Dime que vuelva, Blanca.” Lucas se recompone, alonga el brazo para coger la maldita botella y apura el último trago a gollete. Se tumba en el sofá y todo le da vueltas. Le gustaría beber hasta la inconsciencia, sin embargo, cuanto más bebe más rápido viaja su mente. Se incorpora, coge la carpeta que le dejó Flores sobre el abogado Agustín Serapia, la abre, y hojea el informe. Entre los papeles encuentra uno que recoge que sus últimas gestiones en el despacho las realizó para un cliente preferente; un tal Ricardo Carelo que tiene una empresa de importación y exportación. También hay fotos del lugar del accidente pero ninguna de los derrapajes. Nada más leer el encabezamiento del informe una descarga de hormonas lo pone en pie de un respingo. Es un cóctel casi afrodisíaco que lo hala para adentro para recuperar al policía del que reniega. Sólo pensar en volver a indagar, recopilar pruebas, interrogar, le ha provocado un puntito de descomposición. Ante tanto alborozo ha quedado hecho un guiñapo. Suelta una risita tonta y se encamina  al lavabo para resolver la contingencia. Al entrar tropieza y cae. No se hace daño, pero no le da tiempo de bajarse los pantalones y se caga encima. No puede soportar tanta humillación y golpea a puñetazos la taza del váter hasta hacerse daño en los nudillos.

-Para ya, tío loco –voz en off de Eric Cimientos.

Lucas sacude la cabeza confuso y se incorpora dejando caer la mierda rala por la patera del pantalón.

-¡La muerte! –quiere gritar y le sale un gallo.

-¿Por qué me mataste, hijo de puta cagón? –continúa la voz en off de Eric Cimientos.

Lucas está muy asustado y repite en voz alta sonidos guturales y agudos, no quiere escuchar. Con torpeza se va quitando la ropa para poner orden en aquel gatuperio. Se mete en la bañera y deja que el agua caliente le haga daño en la piel. Exhausto por la crisis que está sufriendo desde que sintió el deseo incontrolado de volver a ser policía (cagarse encima y escuchar voces),  hace que  se tumbe en la bañera y, aunque no cree en nada, junta las manos como si implorara a alguien o a algo que lo libere de aquel dolor. “¿Si he escuchado la voz de Eric es que me estoy volviendo loco?”, se pregunta.

La NUEVA NOVELA me ha ayudado a comprender por qué contar historias es un vicio para mí: no porque busque la originalidad; todas las historias ya están inventadas, sino porque lo que siento y pienso en el momento de reinventarlas siempre quedará ahí.